
La pregunta acerca de la existencia del Estado en la Alemania Nazi, lejos de constituir un interrogante abstracto y extemporáneo, nos introduce en el campo concreto de lo político planteándonos una problemática que la actualidad del pensamiento político no puede desconocer, a saber, la construcción racional de la irracionalidad.
Si “el Estado, como la realidad de la voluntad sustancial que posee en la conciencia de sí individualidad elevada a la universalidad, es lo racional en sí y para sí”[1], es a través de la discusión acerca de su existencia en un periodo determinado (en el caso que nos ocupa, la Alemania Nazi) como podemos intentar develar el secreto que se esconde detrás del mito moderno del Estado de derecho racional.
¿Tiene Alemania una teoría política? ¿Es Alemania un Estado?, se preguntaba Franz Neumann en su Behemoth para él mismo responderse: “El nacional-socialismo carece de teoría política racional”[2] y “…si lo que caracteriza al Estado es el Imperio del Derecho, nuestra respuesta a la pregunta -¿Es Alemania un Estado?- será negativa”. Porque para Neumann, la Alemania Nazi carecía de teoría racional y por ende de Estado. En otras palabras, el Nazismo encontrará su fundamento en aquella “doctrina de la fuerza bruta en su forma más descarada contraria a todos y cada uno de los aspectos y actos de la democracia liberal y a toda concepción tradicional del imperio de derecho”[3] pero que, sin embargo, “se presentó como la salvación de la democracia”[4]. Y el autor de aquella doctrina, para Neumann, no es otro sino Carl Schmitt.
La decisión que nace de la nada, sin valoración previa, en una acción que se encuentra por encima de la deliberación será presentada a través del jurista alemán que intentará definir lo político en el mero decisionismo. Con su afirmación de que “la vida política se orienta siempre hacia la posibilidad de un caso decisivo de lucha efectiva contra un enemigo efectivo[5]”, Schmitt pondrá todo su esfuerzo en encontrarle una explicación existencial a cualquier acto humano, inclusive, al que atente contra la propia humanidad. Porque “la humanidad no es un concepto político”[6] ya que “el concepto de humanidad excluye el concepto de enemigo”[7].
El enemigo, para Schmitt, es el hostis, es el enemigo en sentido de “enemigo público”, y es ésta relación, que define lo político como concepto autónomo y objetivo, la que permite relacionarla con el papel particular que juega el Estado. Para este autor, el Estado está determinado por el status y el pueblo, que es quien, a través de su poder soberano, mantiene el monopolio de lo político. Dentro del Estado, como unidad política organizada, se decide quién ocupa el lugar de amigo y quién el de enemigo. Es atribución del Estado el uso del ius belli, en palabras de Schmitt, “la responsabilidad real de determinar en caso dado, por virtud de una decisión propia, el enemigo, y combatirlo”[8]. En el uso de esta capacidad se concentra la posibilidad de declarar la guerra, disponiendo de la vida de las personas y volviendo disponible al pueblo para matar y al mismo tiempo ser muerto.
Porque para Carl Schmitt no existe el lugar neutral, el conflicto entre los hombres no puede ser superado, lo real es siempre antinómico y nunca dialéctico. La situación existencial es permanente y está más allá de toda posibilidad de justificación que sea ajena a la categoría amigo- enemigo, eliminando la intervención de todo aquel que no se halle en tal situación. Lo racional es el acto de la decisión, y el soberano será el encargado de tomarla sin ningún otro control más que el de su propio acto. El Estado se encarna en el Führer y este no necesita ni de la legalidad ni de la legitimidad, presupuestos del liberalismo moderno que encuentra su nacimiento. Con Thomas Hobbes en el siglo XVII. Siglo en que comienza a gestarse el concepto moderno de la soberanía del pueblo, el Dios medieval era reemplazado por la noción del pacto, despertando la conciencia de una sociedad igualitaria en la cual el poder descansaría en el soberano: el poder ya no sería representante de Dios sino de los hombres, sujetos firmantes del pacto. De esta manera, se producía la distinción de los conceptos Sociedad Civil y Estado, una de las concepciones básicas del liberalismo político. El Estado es el ámbito del poder político, ante quién el individuo se presenta como sujeto de obligaciones y derechos (normatividad). En este último punto se halla el problema fundamental para los pensadores liberales, quienes tendrán que conciliar lo que se presenta como irreconciliable: el liberalismo económico, necesario para el desarrollo capitalista, y el liberalismo político, principio elemental para la legitimidad del poder.
Carl Schmitt, conciente de la crisis por la que atravesaba la humanidad producto de la incompatibilidad entre la razón normativa y la irracionalidad del mercado, elaborará una concepción racional, intentando lograr la unificación del Estado con la sociedad, en un sistema teórico en el cual esta última dependa del mismo Estado Totalizador que se erige sobre la misma.
Ahora bien, ¿existió, entonces, un Estado en la Alemania Nazi en términos de Carl Schmitt? En una primera aproximación podríamos responder afirmativamente. Pero, ¿es la concepción del Estado liberal racional a la que refiere el jurista alemán?
En primer lugar, para Schmitt, liberalismo y democracia son términos incompatibles ya que la segunda aplica el principio de que existe una identidad entre gobernantes y gobernados, es decir, su sustancia es la igualdad y la homogeneidad, pero no la libertad. Como también afirma Neumann, “…las libertades civiles y los derechos inalienables constituyen la negación de la democracia…pues la teoría del contrato social significa que el ciudadano, al celebrar el contrato, entrega sus derechos a la comunidad”[9]. Es así, como el término adversario/competidor producto del capitalismo basado en la competencia es reemplazado por el término enemigo, en una fase, descripta por Neumann, de intervencionismo, capitalismo monopolista y colectivismo.
En segundo lugar, la idea de un todo universal es incompatible con el planteamiento hobbesiano de acuerdo con el cual el interés egoísta de cada cual puede, en cierta medida, mantener unida a la sociedad, en tanto que el Estado permanece como sumatoria de voluntades individuales, aunque sus miembros carezcan de una finalidad común. De esta manera, “el pensamiento liberal pasa por alto o ignora deliberadamente el Estado y la política y se mueve en una típica y siempre renovada polaridad de dos esferas opuestas, como la ética y la economía, el espíritu y el negocio, la cultura y la propiedad. La desconfianza crítica frente al Estado y la política se explica fácilmente partiendo de la idea fundamental de un sistema que sólo tiene como principio y fin de su pensamiento, al individuo”[10].
Pero entonces, ¿a que Estado hace referencia Schmitt?
Al Estado que debió irrumpir en la vida política, al Estado que considerado como unidad política le corresponde el ius belli, la posibilidad de hacer la guerra, “exigiendo a los que integran la propia nación que estén siempre dispuestos a morir y dar muerte, y que maten a los hombres que están del lado del enemigo”[11], enemigo encarnado por aquel radicalmente otro, un extraño por antonomasia, determinado por la decisión del poder soberano en identificar esta distinción. Al Estado que debió aparecer a oscuras en la era de la razón iluminista para echar por tierra el pacto protección-obediencia entre soberano e individuos transformado, en las constituciones liberales, en un esquema abstracto pero con sentido moral y legal, dentro del cual la inicial soberanía absoluta se vio limitada por la división de los poderes y los diversos sistemas de limitación de las atribuciones gubernamentales, así como de los derechos y la autonomía de la voluntad de los ciudadanos. Al Estado que ya no se apoya en el poder otorgado por el pueblo, porque éste es el sector no-político que vive a las sombras de la protección decisionista.
Y es precisamente ese Estado, el no-Estado del que habla Franz Neumann, la reserva irracional del liberalismo moderno de la razón iluminista. Para este autor de la escuela de Frankfurt, a diferencia del Leviatán de Hobbes que representaba el absolutismo pero otorgaba al individuo un margen de autonomía, que le permitía exigir la protección del soberano según el pacto, el Behemoth nazi encarnaba el reino de la ilegalidad y el desorden normativo, que devela el lado oculto del liberalismo, la opresión violenta, oculta detrás de la paz garantizada por el pacto celebrado entre individuos “libres”. Si el Estado es aquella maquinaria que funciona de manera racional, disponiendo, del poder coercitivo y se caracteriza por la unidad de poder político que maneja, en la Alemania Nazi no existió un Estado como tal. Por tal motivo Neumann nos sugiere que en la Alemania Nazi existió “una forma de sociedad en la que los grupos gobernantes controlan al resto de la población de una manera directa, sin que medie aparato racional aunque coercitivo que hasta ahora se conoce con el nombre de estado”[12].
La exposición de Neumann no hace más que reafirmar lo que se encuentra detrás del intento restaurador de Carl Schmitt. El siglo XX pondrá de manifiesto que la conjunción liberal-democrática conlleva “al radicalismo político”. La observación de Neumann sobre las constituciones como “mitos”, resalta la relevancia de los valores en los arreglos políticos y al mismo tiempo destaca la función de factores emocionales en la construcción del entorno existencial colectivo. Lo que hasta aquí era el reino de la astuta razón pasará a ser el parlamento de lo inconciente reprimido, en donde el deseo se manifestará en su máxima expresión. En el letrero del campo de concentración de esclavos de Awswich que reza Das Arbeit macht dich frei, el trabajo hace libre, exponiendo de esta manera el acto fallido de la racionalidad liberal.
La discusión de Schmitt con el liberalismo deja al descubierto la realidad de la democracia en los tiempos modernos, en la que las instituciones y valores de la tradición liberal (el parlamento, el pluralismo y la afirmación de las libertades individuales a través del establecimiento del Estado de derecho) se enfrentan con las reivindicaciones democráticas de la sociedad de masa (el voto universal, la soberanía popular y la igualdad). Sin embargo, su intento por redefinir lo político sigue basándose en el Estado como sujeto de enunciación por excelencia. Quienes se hallen en la posición estatal definirán al enemigo y lo combatirán, la lucha contra la otredad es la justificación existencial del ser. El pacto “liberal” desaparece pero el monstruo permanece de por vida. Porque en realidad el pacto como tal nunca existió, y lo que se hallaba latente en la teoría política era el decisionismo Schmitiano, la voluntad paranoica desenfrenada.
El intento de Neumann de caracterizar a la Alemania Nazi desde un no-Estado, nos conduce inevitablemente a replantear la modernidad. Retornar a Hobbes pero desde el Behemoth y no desde el Leviatán significa volver a los orígenes; regresar a ese zoon politikon, a ese político que también es animal y que se distingue del resto de los seres no por la razón sino por vivir en una comunidad. La política es acto, ese acto es elección pero también hábito, un presente en potencia inscripto en la historia.
Si la modernidad coloco al Estado Racional de Derecho como la panacea del liberalismo, la historia se encargó de sacar a la luz la irracionalidad oculta de un no-Estado que desde los comienzos se hallaba latente en los marcos teóricos de los mismos doctrinarios racionalistas. La pretensión de igualar lo desigual no podía traer como consecuencia otra cosa sino el caos. En palabras de Neumann “la democracia es el imperio de la masa desorganizada, un conjunto de Robinsones y no un pueblo. Su principio es contar narices y sus parlamentos, dominados por grupos privados, son palenques brutales de luchas por el poder. El derecho sirve tan sólo a los intereses privados; el juez no es sino una maquinaria. En realidad, liberalismo y derecho son términos que se excluyen mutuamente, aunque hayan podido aliarse de modo temporal, por razones de conveniencia.”.[13]
Pero el liberalismo es una etapa de la razón moderna, no la última. Es en este sentido como el decisionismo de la teología política Schmitiana habilita el cuestionamiento del fundamento absoluto de la legitimidad. El liberalismo, lejos de acabar con Dios, presenta al mismo como incapaz de obrar sobre el mundo. Sin embargo. Sin embargo, lo ubica en el gobierno, en el reino de la voluntad absoluta.
Fue la crítica de Schmitt la que precisamente le otorgó al liberalismo un papel en la historia, que junto con la democracia, facilitó la ruptura del principio de legitimidad monárquico. Una vez muerto el Rey y desaparecidos todos los presupuestos del liberalismo, éste ya no tiene razón de ser. Con esta crítica se pondrá al descubierto la incapacidad de la “metafísica liberal” de hacer frente a la situación excepcional; una crítica a todo intento de neutralización del conflicto político, basada en la ilusión del normativismo, que lleva a la ciencia política liberal a la incapacidad de pensar la decisión como última instancia (ultima ratio) de la soberanía. En otras palabras, el pensamiento liberal, según Schmitt, nos arroja a pensar la política desde la normalidad legal, por fuera de la acción humana, convirtiendo al hombre en un autómata.
Pero la definición del concepto de lo político en Carl Schmitt, basada en la posibilidad real de la distinción de un enemigo, sigue presuponiendo una concepción negativa de la naturaleza del hombre; el hombre sigue siendo el homo homini lupus hobbesiano, un lobo con la razón inmune, pero esta vez no para pactar sino para tomar decisiones en la lucha a muerte contra los demás lobos.
Es allí donde Franz Neumann aparece con su Behemoth para exigir, y exigirse, “una teoría política que demuestre ser tan eficaz como el nacional-socialismo sin sacrificar las libertades humanas”[14], porque la teoría política aún se encuentra en deuda con su principal objeto de estudio: lo político.
La discusión acerca de la existencia del Estado en la Alemania Nazi constituye una apuesta para el pensamiento político contemporáneo. Y si el intento teórico de racionalizar lo irracional resultó una tarea imposible, quizás no lo resulte el esfuerzo por encontrar el camino de la sin razón, asumiendonos como hombres políticos y no como meros instrumentos de una maquinaria jurídico.
La relectura de Schmitt y Neumann se hace necesaria a la hora de marcar los pasos que nos conduzcan en una dirección crítica comprometida con el accionar político. Porque la era de la robotización humana no culmino en Awswich sino que sigue presente en el imaginario social de nuestros días, gestado en los campos de concentración de la Razón normativista.
[1] Hegel, Guillermo Federico “FILOSOFÍA DEL DERECHO” .Ed. Claridad. Buenos Aires Argentina. Pág. 208.
[2] Neumann Franz “BEHEMOTH. PENSAMIENTO Y ACCION EN EL NACIONAL SOCIALISMO. Ed. Fondo de Cultura Económica. México. Pág. 512.
[3] Ob. Cit. Pág. 65 y 66
[4] Ob. Cit. 2. Pág. 63
[5] Schmitt, Carl. “CONCEPTO DE LO POLITICO”. Ed. Struhart & Cía. Buenos Aires Argentina. Pág 59
[6] Ob. Cit. 3 Pág. 62
[7] Ob. Cit. 3 Pág.63
[8] Ob. Cit. 3 Pág.59
[9] Ob. Cit. 2 Pág.64
[10] Ob. Cit. 3 Pág.92
[11] Ob. Cit. 3 Pág.60
[12] Ob. Cit. 2 Pág.518
[13] Ob. Cit. 2 Pág.63
[14] Ob. Cit. 2 Pág.524
Si “el Estado, como la realidad de la voluntad sustancial que posee en la conciencia de sí individualidad elevada a la universalidad, es lo racional en sí y para sí”[1], es a través de la discusión acerca de su existencia en un periodo determinado (en el caso que nos ocupa, la Alemania Nazi) como podemos intentar develar el secreto que se esconde detrás del mito moderno del Estado de derecho racional.
¿Tiene Alemania una teoría política? ¿Es Alemania un Estado?, se preguntaba Franz Neumann en su Behemoth para él mismo responderse: “El nacional-socialismo carece de teoría política racional”[2] y “…si lo que caracteriza al Estado es el Imperio del Derecho, nuestra respuesta a la pregunta -¿Es Alemania un Estado?- será negativa”. Porque para Neumann, la Alemania Nazi carecía de teoría racional y por ende de Estado. En otras palabras, el Nazismo encontrará su fundamento en aquella “doctrina de la fuerza bruta en su forma más descarada contraria a todos y cada uno de los aspectos y actos de la democracia liberal y a toda concepción tradicional del imperio de derecho”[3] pero que, sin embargo, “se presentó como la salvación de la democracia”[4]. Y el autor de aquella doctrina, para Neumann, no es otro sino Carl Schmitt.
La decisión que nace de la nada, sin valoración previa, en una acción que se encuentra por encima de la deliberación será presentada a través del jurista alemán que intentará definir lo político en el mero decisionismo. Con su afirmación de que “la vida política se orienta siempre hacia la posibilidad de un caso decisivo de lucha efectiva contra un enemigo efectivo[5]”, Schmitt pondrá todo su esfuerzo en encontrarle una explicación existencial a cualquier acto humano, inclusive, al que atente contra la propia humanidad. Porque “la humanidad no es un concepto político”[6] ya que “el concepto de humanidad excluye el concepto de enemigo”[7].
El enemigo, para Schmitt, es el hostis, es el enemigo en sentido de “enemigo público”, y es ésta relación, que define lo político como concepto autónomo y objetivo, la que permite relacionarla con el papel particular que juega el Estado. Para este autor, el Estado está determinado por el status y el pueblo, que es quien, a través de su poder soberano, mantiene el monopolio de lo político. Dentro del Estado, como unidad política organizada, se decide quién ocupa el lugar de amigo y quién el de enemigo. Es atribución del Estado el uso del ius belli, en palabras de Schmitt, “la responsabilidad real de determinar en caso dado, por virtud de una decisión propia, el enemigo, y combatirlo”[8]. En el uso de esta capacidad se concentra la posibilidad de declarar la guerra, disponiendo de la vida de las personas y volviendo disponible al pueblo para matar y al mismo tiempo ser muerto.
Porque para Carl Schmitt no existe el lugar neutral, el conflicto entre los hombres no puede ser superado, lo real es siempre antinómico y nunca dialéctico. La situación existencial es permanente y está más allá de toda posibilidad de justificación que sea ajena a la categoría amigo- enemigo, eliminando la intervención de todo aquel que no se halle en tal situación. Lo racional es el acto de la decisión, y el soberano será el encargado de tomarla sin ningún otro control más que el de su propio acto. El Estado se encarna en el Führer y este no necesita ni de la legalidad ni de la legitimidad, presupuestos del liberalismo moderno que encuentra su nacimiento. Con Thomas Hobbes en el siglo XVII. Siglo en que comienza a gestarse el concepto moderno de la soberanía del pueblo, el Dios medieval era reemplazado por la noción del pacto, despertando la conciencia de una sociedad igualitaria en la cual el poder descansaría en el soberano: el poder ya no sería representante de Dios sino de los hombres, sujetos firmantes del pacto. De esta manera, se producía la distinción de los conceptos Sociedad Civil y Estado, una de las concepciones básicas del liberalismo político. El Estado es el ámbito del poder político, ante quién el individuo se presenta como sujeto de obligaciones y derechos (normatividad). En este último punto se halla el problema fundamental para los pensadores liberales, quienes tendrán que conciliar lo que se presenta como irreconciliable: el liberalismo económico, necesario para el desarrollo capitalista, y el liberalismo político, principio elemental para la legitimidad del poder.
Carl Schmitt, conciente de la crisis por la que atravesaba la humanidad producto de la incompatibilidad entre la razón normativa y la irracionalidad del mercado, elaborará una concepción racional, intentando lograr la unificación del Estado con la sociedad, en un sistema teórico en el cual esta última dependa del mismo Estado Totalizador que se erige sobre la misma.
Ahora bien, ¿existió, entonces, un Estado en la Alemania Nazi en términos de Carl Schmitt? En una primera aproximación podríamos responder afirmativamente. Pero, ¿es la concepción del Estado liberal racional a la que refiere el jurista alemán?
En primer lugar, para Schmitt, liberalismo y democracia son términos incompatibles ya que la segunda aplica el principio de que existe una identidad entre gobernantes y gobernados, es decir, su sustancia es la igualdad y la homogeneidad, pero no la libertad. Como también afirma Neumann, “…las libertades civiles y los derechos inalienables constituyen la negación de la democracia…pues la teoría del contrato social significa que el ciudadano, al celebrar el contrato, entrega sus derechos a la comunidad”[9]. Es así, como el término adversario/competidor producto del capitalismo basado en la competencia es reemplazado por el término enemigo, en una fase, descripta por Neumann, de intervencionismo, capitalismo monopolista y colectivismo.
En segundo lugar, la idea de un todo universal es incompatible con el planteamiento hobbesiano de acuerdo con el cual el interés egoísta de cada cual puede, en cierta medida, mantener unida a la sociedad, en tanto que el Estado permanece como sumatoria de voluntades individuales, aunque sus miembros carezcan de una finalidad común. De esta manera, “el pensamiento liberal pasa por alto o ignora deliberadamente el Estado y la política y se mueve en una típica y siempre renovada polaridad de dos esferas opuestas, como la ética y la economía, el espíritu y el negocio, la cultura y la propiedad. La desconfianza crítica frente al Estado y la política se explica fácilmente partiendo de la idea fundamental de un sistema que sólo tiene como principio y fin de su pensamiento, al individuo”[10].
Pero entonces, ¿a que Estado hace referencia Schmitt?
Al Estado que debió irrumpir en la vida política, al Estado que considerado como unidad política le corresponde el ius belli, la posibilidad de hacer la guerra, “exigiendo a los que integran la propia nación que estén siempre dispuestos a morir y dar muerte, y que maten a los hombres que están del lado del enemigo”[11], enemigo encarnado por aquel radicalmente otro, un extraño por antonomasia, determinado por la decisión del poder soberano en identificar esta distinción. Al Estado que debió aparecer a oscuras en la era de la razón iluminista para echar por tierra el pacto protección-obediencia entre soberano e individuos transformado, en las constituciones liberales, en un esquema abstracto pero con sentido moral y legal, dentro del cual la inicial soberanía absoluta se vio limitada por la división de los poderes y los diversos sistemas de limitación de las atribuciones gubernamentales, así como de los derechos y la autonomía de la voluntad de los ciudadanos. Al Estado que ya no se apoya en el poder otorgado por el pueblo, porque éste es el sector no-político que vive a las sombras de la protección decisionista.
Y es precisamente ese Estado, el no-Estado del que habla Franz Neumann, la reserva irracional del liberalismo moderno de la razón iluminista. Para este autor de la escuela de Frankfurt, a diferencia del Leviatán de Hobbes que representaba el absolutismo pero otorgaba al individuo un margen de autonomía, que le permitía exigir la protección del soberano según el pacto, el Behemoth nazi encarnaba el reino de la ilegalidad y el desorden normativo, que devela el lado oculto del liberalismo, la opresión violenta, oculta detrás de la paz garantizada por el pacto celebrado entre individuos “libres”. Si el Estado es aquella maquinaria que funciona de manera racional, disponiendo, del poder coercitivo y se caracteriza por la unidad de poder político que maneja, en la Alemania Nazi no existió un Estado como tal. Por tal motivo Neumann nos sugiere que en la Alemania Nazi existió “una forma de sociedad en la que los grupos gobernantes controlan al resto de la población de una manera directa, sin que medie aparato racional aunque coercitivo que hasta ahora se conoce con el nombre de estado”[12].
La exposición de Neumann no hace más que reafirmar lo que se encuentra detrás del intento restaurador de Carl Schmitt. El siglo XX pondrá de manifiesto que la conjunción liberal-democrática conlleva “al radicalismo político”. La observación de Neumann sobre las constituciones como “mitos”, resalta la relevancia de los valores en los arreglos políticos y al mismo tiempo destaca la función de factores emocionales en la construcción del entorno existencial colectivo. Lo que hasta aquí era el reino de la astuta razón pasará a ser el parlamento de lo inconciente reprimido, en donde el deseo se manifestará en su máxima expresión. En el letrero del campo de concentración de esclavos de Awswich que reza Das Arbeit macht dich frei, el trabajo hace libre, exponiendo de esta manera el acto fallido de la racionalidad liberal.
La discusión de Schmitt con el liberalismo deja al descubierto la realidad de la democracia en los tiempos modernos, en la que las instituciones y valores de la tradición liberal (el parlamento, el pluralismo y la afirmación de las libertades individuales a través del establecimiento del Estado de derecho) se enfrentan con las reivindicaciones democráticas de la sociedad de masa (el voto universal, la soberanía popular y la igualdad). Sin embargo, su intento por redefinir lo político sigue basándose en el Estado como sujeto de enunciación por excelencia. Quienes se hallen en la posición estatal definirán al enemigo y lo combatirán, la lucha contra la otredad es la justificación existencial del ser. El pacto “liberal” desaparece pero el monstruo permanece de por vida. Porque en realidad el pacto como tal nunca existió, y lo que se hallaba latente en la teoría política era el decisionismo Schmitiano, la voluntad paranoica desenfrenada.
El intento de Neumann de caracterizar a la Alemania Nazi desde un no-Estado, nos conduce inevitablemente a replantear la modernidad. Retornar a Hobbes pero desde el Behemoth y no desde el Leviatán significa volver a los orígenes; regresar a ese zoon politikon, a ese político que también es animal y que se distingue del resto de los seres no por la razón sino por vivir en una comunidad. La política es acto, ese acto es elección pero también hábito, un presente en potencia inscripto en la historia.
Si la modernidad coloco al Estado Racional de Derecho como la panacea del liberalismo, la historia se encargó de sacar a la luz la irracionalidad oculta de un no-Estado que desde los comienzos se hallaba latente en los marcos teóricos de los mismos doctrinarios racionalistas. La pretensión de igualar lo desigual no podía traer como consecuencia otra cosa sino el caos. En palabras de Neumann “la democracia es el imperio de la masa desorganizada, un conjunto de Robinsones y no un pueblo. Su principio es contar narices y sus parlamentos, dominados por grupos privados, son palenques brutales de luchas por el poder. El derecho sirve tan sólo a los intereses privados; el juez no es sino una maquinaria. En realidad, liberalismo y derecho son términos que se excluyen mutuamente, aunque hayan podido aliarse de modo temporal, por razones de conveniencia.”.[13]
Pero el liberalismo es una etapa de la razón moderna, no la última. Es en este sentido como el decisionismo de la teología política Schmitiana habilita el cuestionamiento del fundamento absoluto de la legitimidad. El liberalismo, lejos de acabar con Dios, presenta al mismo como incapaz de obrar sobre el mundo. Sin embargo. Sin embargo, lo ubica en el gobierno, en el reino de la voluntad absoluta.
Fue la crítica de Schmitt la que precisamente le otorgó al liberalismo un papel en la historia, que junto con la democracia, facilitó la ruptura del principio de legitimidad monárquico. Una vez muerto el Rey y desaparecidos todos los presupuestos del liberalismo, éste ya no tiene razón de ser. Con esta crítica se pondrá al descubierto la incapacidad de la “metafísica liberal” de hacer frente a la situación excepcional; una crítica a todo intento de neutralización del conflicto político, basada en la ilusión del normativismo, que lleva a la ciencia política liberal a la incapacidad de pensar la decisión como última instancia (ultima ratio) de la soberanía. En otras palabras, el pensamiento liberal, según Schmitt, nos arroja a pensar la política desde la normalidad legal, por fuera de la acción humana, convirtiendo al hombre en un autómata.
Pero la definición del concepto de lo político en Carl Schmitt, basada en la posibilidad real de la distinción de un enemigo, sigue presuponiendo una concepción negativa de la naturaleza del hombre; el hombre sigue siendo el homo homini lupus hobbesiano, un lobo con la razón inmune, pero esta vez no para pactar sino para tomar decisiones en la lucha a muerte contra los demás lobos.
Es allí donde Franz Neumann aparece con su Behemoth para exigir, y exigirse, “una teoría política que demuestre ser tan eficaz como el nacional-socialismo sin sacrificar las libertades humanas”[14], porque la teoría política aún se encuentra en deuda con su principal objeto de estudio: lo político.
La discusión acerca de la existencia del Estado en la Alemania Nazi constituye una apuesta para el pensamiento político contemporáneo. Y si el intento teórico de racionalizar lo irracional resultó una tarea imposible, quizás no lo resulte el esfuerzo por encontrar el camino de la sin razón, asumiendonos como hombres políticos y no como meros instrumentos de una maquinaria jurídico.
La relectura de Schmitt y Neumann se hace necesaria a la hora de marcar los pasos que nos conduzcan en una dirección crítica comprometida con el accionar político. Porque la era de la robotización humana no culmino en Awswich sino que sigue presente en el imaginario social de nuestros días, gestado en los campos de concentración de la Razón normativista.
[1] Hegel, Guillermo Federico “FILOSOFÍA DEL DERECHO” .Ed. Claridad. Buenos Aires Argentina. Pág. 208.
[2] Neumann Franz “BEHEMOTH. PENSAMIENTO Y ACCION EN EL NACIONAL SOCIALISMO. Ed. Fondo de Cultura Económica. México. Pág. 512.
[3] Ob. Cit. Pág. 65 y 66
[4] Ob. Cit. 2. Pág. 63
[5] Schmitt, Carl. “CONCEPTO DE LO POLITICO”. Ed. Struhart & Cía. Buenos Aires Argentina. Pág 59
[6] Ob. Cit. 3 Pág. 62
[7] Ob. Cit. 3 Pág.63
[8] Ob. Cit. 3 Pág.59
[9] Ob. Cit. 2 Pág.64
[10] Ob. Cit. 3 Pág.92
[11] Ob. Cit. 3 Pág.60
[12] Ob. Cit. 2 Pág.518
[13] Ob. Cit. 2 Pág.63
[14] Ob. Cit. 2 Pág.524
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